N.º 01 · Libros que predijeron el presente
Un argentino imaginó los hologramas en 1940 | La invención de Morel
En 1940, Adolfo Bioy Casares imaginó una máquina que graba a las personas —su imagen, su voz, hasta su olor— y las repite para siempre. Hoy tenemos hologramas, avatares y chatbots de personas que ya no están. Pero Bioy no predijo la tecnología: predijo que íbamos a preferirla.
La pieza, en texto
Un argentino imaginó los hologramas en 1940.
En La invención de Morel, de Bioy Casares, un fugitivo llega a una isla desierta. Un día aparece gente. Bailan, escuchan música, repiten las mismas conversaciones. Entre ellos, una mujer que mira el atardecer, siempre desde la misma roca. Él se enamora. Le habla. Y ella no lo ve.
Porque es una grabación: una máquina que copia a las personas, su imagen, su voz, hasta su olor, y las repite para siempre. Pero grabar a alguien lo mata.
Al final, él se graba a sí mismo, para estar a su lado. Aunque eso lo mate.
Bioy Casares no predijo los hologramas. Predijo que íbamos a preferirlos.
La historia completa
El libro que entendió las pantallas antes de que existieran
En 1940 la editorial Losada publicó en Buenos Aires una novela de 126 páginas, con tapa de Norah Borges. Su autor, Adolfo Bioy Casares, tenía veintipocos años y ya había publicado seis libros, que después repudió: los llamó «horribles» y prohibió que se reeditaran. Este fue el primero que quiso conservar.
El prólogo lo escribió Jorge Luis Borges, su amigo desde 1932, y ahí dijo algo que casi nunca decía de un libro ajeno: «No me parece una imprecisión o una hipérbole calificarla de perfecta». Hablaba de la trama. Lo que sigue la cuenta entera, así que si pensás leer la novela, este es el momento de ir a buscarla.
La isla
El narrador es un venezolano condenado a cadena perpetua que escapa en un bote. Un vendedor de alfombras italiano le recomendó, en Calcuta, una isla que todos creen maldita: quien llega se enferma y muere. Él la llama Villings y la ubica, sin estar seguro, en el archipiélago de las Ellice, en el Pacífico. En la isla hay un museo, una capilla y una pileta, abandonados.
Un día aparece gente. Bailan, escuchan música, repiten las mismas conversaciones palabra por palabra. Hay una mujer, Faustine, que mira el atardecer todas las tardes desde las rocas. Él se enamora, le habla, le deja flores. Ella no lo ignora: directamente no lo ve. Y en el cielo, a veces, hay dos soles.
La explicación llega cuando escucha, escondido, a un hombre llamado Morel. Morel inventó una máquina que graba a las personas enteras —no solo la imagen— y las vuelve a proyectar en el lugar donde estuvieron. Grabó una semana con sus amigos y la dejó repitiéndose para siempre. Lo que no les dijo a tiempo es el precio: los que fueron grabados mueren. La enfermedad de la isla era la máquina.
El narrador entiende todo y elige igual. Estudia la semana de memoria, enciende la máquina y se graba junto a Faustine, actuando una intimidad que nunca existió.
Lo que vio venir
En abril de 2012, en el festival de Coachella, Tupac Shakur apareció en el escenario junto a Snoop Dogg y Dr. Dre. Había muerto dieciséis años antes. No era un holograma: era una proyección en dos dimensiones montada con un truco de teatro del siglo XIX, el «fantasma de Pepper». Pero el público lo vivió como lo había escrito Bioy: alguien que ya no está, moviéndose entre los vivos.
En mayo de 2022 ABBA estrenó en Londres un show en un estadio construido para eso, donde quienes cantan son avatares digitales de los cuatro con la cara que tenían en los setenta. Los originales envejecen; las copias no.
En qué se equivocó
La máquina de Morel graba todo, pero no crea nada. La Faustine de la grabación jamás va a decir una palabra que no haya dicho: está encerrada en su semana. Las copias que se pueden hacer hoy son distintas. Un modelo de inteligencia artificial entrenado con los mensajes de alguien no repite lo que dijo, inventa lo que podría haber dicho. Bioy imaginó un disco rayado, y lo que se terminó construyendo improvisa.
La predicción de verdad
Lo más actual del libro no es la tecnología, es la decisión. Morel no quería cualquier inmortalidad: quería que lo recordaran en su mejor semana, con amigos, música y atardeceres. Una versión editada de la vida, repitiéndose ante gente que no puede contestar.
Y el narrador, que tenía la vida real a mano, eligió meterse adentro. Prefirió aparecer al lado de Faustine en una grabación antes que estar con alguien que pudiera verlo. Por eso la tesis de la pieza: Bioy no predijo los hologramas, predijo que íbamos a preferirlos.
Lo que dejó
La novela ganó el Premio Municipal de Literatura de Buenos Aires. En 1961 inspiró El año pasado en Marienbad, de Alain Resnais; tuvo una versión para televisión en 1967 y una película en 1974. En la serie Lost, un personaje aparece leyéndola; que la isla de la serie esté inspirada en la de Morel se repite mucho, pero no encontré una fuente que lo confirme.
Bioy recibió el Premio Cervantes en 1990 y murió en Buenos Aires el 8 de marzo de 1999.